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Madres jóvenes y el primer momento
Por Amaya Gil Albarova,
Doctora en Sociología y Vicerrectora de Ordenación Académica de la Universidad San Jorge.
Aquel día Paula estaba ausente en clase. Cuando terminó la clase le pregunté si estaba bien. Sus ojos se llenaron de lágrimas y fuimos al despacho. Llorando no terminaba de articular bien las palabras. Estaba embarazada.
¡Vaya!, pensé, sólo tiene dieciocho años. Cuando se serenó después del sofocón, hablamos. Su principal preocupación era el disgusto que iba a dar a sus padres, sin ir más allá.
Una de mis hijas tenía su edad y no me resultó difícil ponerme en el lugar de su madre. Paula,- dije-, lo primero que tienes que hacer es hablar con tu madre. Pero se va a enfadar mucho, dijo desconsolada. Entonces pensé cómo reaccionaría yo si ella fuese mi hija. Y mientras lo pensaba se lo decía: “Paula, si yo fuera tu madre mi primera reacción sería de disgusto y preocupación, me conozco y sé que te increparía tu falta de responsabilidad. Pero después me sentiría profundamente conmovida por la angustia que estás sintiendo y sólo te consolaría. Te diría: no te preocupes lo vamos a superar juntas, voy a estar contigo y apoyarte en todo”.
Seguí hablando: “Paula, no te puedes imaginar cómo se quiere a los hijos, es algo irracional, hagáis lo que hagáis, da igual, el amor es más fuerte. Por eso sé que tu madre va a ser el mejor apoyo en este trance”.
“¿Y mi padre?”, preguntaba. “Pues se disgustará –le dije-, pero, como te quiere con locura, lo aceptará porque sólo quiere que tú seas feliz. Los padres sólo queremos vuestra felicidad porque dais sentido a nuestras vidas, y pensé para mí: lo comprenderás cuando seas madre”.
No me quité a Paula de la cabeza esos días. Me llamaba la atención que su preocupación más inmediata fuera la reacción de sus padres. Parecía ser el factor clave para afrontar la angustia que sentía en su situación.
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